El Volcán San José
Por Günther von Hein, Santiago
Siempre cuando uno, en el camino desde el Volcán hacia el refugio alemán de Lo Valdés, llega al punto donde lentamente del enorme coloso del San José se hace visible, se lo mira con alegría y curiosidad. Desde acá todo el valle se encuentra bajo el influjo de este gigante. Uno tiene la sensación de haber escapado finalmente de todo lo plano, el verdadero mundo de las montañas comienza.
Cuando en este punto, aproximadamente a mitad de camino, la vista se va hacia el San José, algo se cierra detrás nuestro; delante de su magnificencia y esplendor desaparecen el día a día, todo el polvo y el calor del valle; nos introducimos en el claro y frío esplendor de la montaña.
Y cuando uno, finalmente, tras una larga cabalgata o caminata está en la tarde en la amplia terraza del refugio y ve los últimos rayos del sol ir cambiando lentamente la tonalidad de la nieve en el cerro y ve como las sombras de la noche poco a poco se acercan hasta alcanzar a las más altas cumbres -cuando abajo en el valle hace rato que está oscuro y hace frío- entonces uno queda atrapado por la fuerza de la magia misteriosa de esta montaña.

Fotografía de Winterhalder
Se dice que el San José sería un volcán apagado. Él pertenece a uno de los cerros más altos de los Andes y ha sido pocas veces ascendido. ¿A quién no le gustaría probar alguna vez sus fuerzas para arrebatarle sus secretos y poner una vez el pie en el borde su cráter?
Así nos pasó a nosotros; tantas veces vimos a este gigante que soñamos con su ascenso. Y lo que era un antiguo deseo, debía convertirse finalmente en realidad, como casi todo lo que uno espera con fuerte anhelo.
Nuestro primer acercamiento al San José se produjo en enero de 1937 en una excursión de siete días dirigida por el señor E. v. Canerin, el único de nosotros que conocía la zona. Nosotros queríamos esquiar en las laderas del volcán y además intentar un ascenso.
Este primer asalto a la cumbre del San José fracasó. Habíamos menospreciado su altitud y debimos regresar derrotados.
Nuestro campamento base se encontraba arriba de la última vega verde, ahí donde un murmurante arroyo se abría camino entre las piedras y el escaso pasto.
Cuando en la tarde muertos de cansancio tras 24 horas de esfuerzos regresamos a este campamento, nos juramos unos a otros para darnos consuelo: ¡Nunca más al San José! ¿Qué podía tener de interesante ese aburrido cerro para nosotros? Habíamos llegado hasta los 5.000 m y habíamos conocido y odiado sus interminables laderas de escoria. Más arriba no sería diferente -eso lo sabíamos- sólo escoria y acarreo en eterna repetición.
Pero ya a la mañana siguiente se veía todo diferente. Sentíamos nuevas fuerzas en nuestros músculos. Y ahí estaba de nuevo él, el San José, macizo, intacto en su impasibilidad centenaria; tn misterioso como antes, como si nunca hubiese sido ascendido. Tan cercana parecía su cumbre en el claro aire de montaña y, sin embargo, estaba realmente lejos.

Y nosotros que ayer por la tarde lo maldecíamos, hoy estábamos completamente claros y de acuerdo: ¡vamos a ir por ti otra vez, vamos a mirar en tu cráter! ¡Ahora sí! Y como sello de esta decisión nació ese día el plan, acá en el mismo lugar donde ahora están nuestras carpas, de construir un refugio. Este se hizo realidad en marzo y abril del mismo año. Quisimos volver, siempre volver, también en invierno, justo en invierno; así nos tenía de atrapados esta zona. ¿Hubiésemos construido el refugio si es que el ascenso nos hubiese resultado la primera vez? Nada une más que un objetivo sin alcanzar.
Ahora finalmente, el domingo 23 de enero de 1938, aproximadamente un año después de que desde acá realizamos nuestro primer intento de ascenso, comienza el segundo. Walter Schulze, llamado Schulze-Berlin, Konrad Winterhalder y yo nos encontramos a unos 3150 m de altitud en el Refugio Volcán San José. Schulze y Winterhalder tenían una larga caminata a Nieves Negras detrás suyo y yo estaba desde el viernes en el refugio para irme acostumbrando a la altura.
Se comió de forma regular -quizás demasiado-; se armaron las mochilas, se tomaron un par de fotografías con todo el equipo y a las diez nos fuimos a la cama.
Tras un chocolate caliente partimos el lunes por la mañana a las 5:15. El equipo, a pesar de que sólo llevábamos lo indispensable, era bastante pesado. Nuestro equipo común se componía de una carpa liviana con piso para tres personas, dos piolet, una cuerda liviana de 15 m de largo que fue pensada principalmente para sujetarse unos con otros en caso de vientos fuertes y un par de crampones. Schulze y Winterhalder tenían un saco de dormir común y yo uno propio. Además cada uno tenía una frazada liviana de lana.
Nuestras provisiones consistían sólo de comidas frías: nueces, pasas, frutos secos (especialmente damascos), pan, galletas de agua, queso, leche condensada; además de una botella de aluminio con concentrado de jugo de limón y una botella vacía para recoger agua en el camino (lo que lamentablemente más tarde olvidamos). También teníamos vendas, “Ludeco” contra las quemaduras de sol y para calentar la carpa una pequeña lámpara plegable junto a un paquete de velas.
Cosas abrigadas como sweater, bufanda, gorro, guantes, etc. llevó cada uno según su gusto. Cámaras fotográficas obviamente no podían faltar.
Así comenzó un ascenso muy lento, interrumpido de vez en cuando por pausas para descansar. Lo fundamental en el montañismo es ir tan lento y parejo como sea posible para así resistir el mayor tiempo. Pequeñas pausas, en lo posible sin sentarse, son convenientes porque le permiten tranquilizarse al corazón; grandes pausas sólo cansan y lo vuelven a uno flojo. Además no teníamos ganas de hacer esas grandes pausas puesto que el sol todavía no había salido y al estar parados rápidamente nos enfriábamos.
Nuestra ruta iba en un principio por acarreos. Luego llegamos a los primeros neveros. Por largo rato ascendimos por ellos. Primero por unos pequeños, luego por unos penitentes cada vez más grandes. Se iba como por una escalera por las pequeñas elevaciones así que podíamos avanzar bien. Más tarde los penitentes llegaban a tener hasta 2 metros de altura y eran muy molestos; por esta razón nos desviamos hacia el acarreo.
Ya habíamos alcanzado una buena altitud cuando el sol comenzó a brillar en los cerros de al frente así como abajo en el valle. Cuando finalmente nos alcanzó escalábamos unos empinados y cansadores escalones. Habíamos dejado los campos de penitentes atrás. Los últimos de ellos no los habíamos cruzado sino que habíamos seguido por sus orillas, aprovechando la ventaja que estas altas puntas de hielo nos ofrecían apoyo mientras que en el acarreo resbalábamos todo el tiempo.
La ruta que tomamos a la cumbre del San José, según sabemos, es la misma de todas las expediciones que se han realizado hasta ahora y se puede describir aproximadamente así: delante del San José corre de Sur a Norte una ancha arista que asciende suavemente. Esta arista rodea, en cierto sentido, la cara Oeste del cerro para unirse al norte con el glaciar central. El glaciar central de la cara Oeste del San José, que hacia arriba casi alcanza el portezuelo entre los dos macizos principales, mientras que hacia abajo corre en un principio suavemente hacia el Sur para luego caer hacia una quebrada cada vez más profundo que separa a la mencionada arista del macizo del San José. Esta quebrada termina cortada abruptamente en la amplia planicie de la Engorda.
A la izquierda del glaciar y por arriba de los campos de hielo se levanta casi vertical una banda de roca. Ambas aristas hacen la ruta: uno sigue la arista separada del San José, luego se cruza a la arista a la izquierda del glaciar. Se sigue ésta hacia arriba y se cruza finalmente hacia la derecha los campos de hielo superiores para finalmente llegar al portezuelo entre los dos macizos principales.
En la práctica es posible acortar esta ruta. Tan pronto como uno llega a los primeros neveros es conveniente abandonar la arista y tomar la ruta más corta y directa. Sólo se debe poner atención a permanecer a la izquierda del glaciar. Por estos neveros se avanza mucho más fácil que por la escombrosa arista.
Creo que también es posible encontrar una ruta de ascenso algo a la derecha del glaciar; ésta sería la ruta más corta puesto que lleva en línea recta al portezuelo. Nosotros elegimos la ruta por los neveros manteniéndonos a la izquierda del glaciar. No hay mucha diferencia si es que uno toma una ruta más larga o más corta. Lo importante es ganar lentamente altura.
A las 12:00 hicimos una gran pausa de una media hora; ya habíamos alcanzado una altitud considerable, unos 4900 a 5000 m. Como no teníamos altímetro sólo podíamos estimar la altitud. Poco antes habíamos encontrado un lugar que se adecuaba para acampar y en el cual, como señal de que otras personas habían descansado acá, encontramos dos pedazos de leña. ¿Provenían de mineros?
Estábamos agotados y teníamos los primeros signos de puna: leves dolores de cabeza. Era claro para nosotros que hoy no podríamos llegar mucho más lejos así que nos decidimos a buscar un buen lugar para la carpa. Con mucho esfuerzo trabajamos otra media hora con nuestro equipo que nos parecía cada vez más pesado hasta que encontramos en la arista, detrás de unas rocas, un lugar protegido del viento y apropiado para la carpa. En todo caso, tuvimos que allanar y asegurar este lugar lo que nos costó otra media de trabajo.
Cuando finalmente la carpa estaba armada, nos metimos agotados en ella y nos alegramos por poder finalmente estar acostados. Era muy estrecho puesto que el lugar que allanamos era pequeño para poder estirar todo el piso de la carpa en él.
La puna nos había atrapado a todos. Schulze-Berlin se sentía muy mal y maldecía por cualquier cosa, incluso sobre el estrecho lugar de la carpa que él mismo había elegido. Se sentía mal y tenía fuertes dolores de cabeza. Winterhalder decía poco: dolores de cabeza no tenía, sino que un poco de palpitaciones fuertes. De sentirse mal no decía nada, sin embargo, salió disparado una vez de la carpa como picado por una serpiente para vaciar el contenido de su estómago. Apenas fue posible abrirle la entrada de la carpa. Afuera se resbaló con un pedazo de la fijación de la carpa arrastrándola hacia abajo. Yo tenía fuertes dolores de cabeza. Cuando me comí un pedazo de cebolla, recomendada para la puna, comencé a sentirme mal. Desde entonces dudamos todos del maravilloso efecto de la cebolla sobre la puna. Más tarde alguien nos dijo que no se debe comer durante el ascenso mismo, sino que antes de éste. Mi antiguo profesor de química Dr. Empson, con seguridad, habría dicho: “¡Quién sabe si es que es verdad y si es verdad, quién sabe si es realmente verdad!”
En lugar de eso, una tableta Instantina disipó de inmediato y por toda la noche mis dolores de cabeza y me sentí de nuevo completamente sano.
Suponemos que nuestro campamento alto se encontraba a unos 5000-5100 m de altitud. Tan arriba ninguna expedición había armado una carpa. Pero como nuestro intento de ascenso del año anterior había fracasado porque habíamos dejado la carpa demasiado abajo, esta vez pensamos: mientras más arriba, mejor.
La tarde y la noche la pasamos acostados en la carpa. La noche se volvió una eternidad puesto que ninguno de nosotros pudo dormir. La altura altera los nervios de forma que a uno como si tuviera fiebre le pasan miles de pensamientos por la cabeza y no se puede quedar dormido. En este caso quizás habría sido bueno tomar un somnífero suave.
A la mañana siguiente, era el martes 24 de enero, queríamos partir tan pronto como el sol alcanzara la carpa. La espera por la salida del sol se nos hizo demasiado aburrida por lo que salimos antes a las 7:30. En el apuro por la partida olvidé mi cámara fotográfica en el campamento alto. Por suerte mis compañeros tenían sus cámaras.
Comenzó la parte más cansadora del ascenso; la altitud se hacía notar de forma que sólo podíamos avanzar lentamente. Schulze, que aparentemente tenía más fuerzas o el que más despreciaba lo que faltaba hasta la cumbre, iba lejos adelante lo que a Winterhalder y a mí no nos alentaba. Tras un largo rato se nos unió de nuevo.
¿Qué más se puede decir sobre este ascenso? Era siempre lo mismo: uno daba unos veinte pasos tan lento como fuera posible, se quedaba parado hasta que el corazón y la respiración se habían calmado para volver a dar otros veinte pasos y así sucesivamente. Cada movimiento intentábamos hacerlo tan lento como fuera posible. Se resbalaba un pie, lo que en este acarreo ocurría con frecuencia, comenzaba el corazón a latir con más fuerza. A menudo tenía ganas de regresar. Me preguntaba entonces con frecuencia qué sentido tenía este sufrimiento que no tenía nada de divertido. Pero cada vez volvía a triunfar mi voluntad de hierro.
A un paso constante, con pausas cada vez más frecuentes, avanzamos lentamente como caracoles. No se pensaba mucho, sino que mecánicamente se empujaba hacia adelante. Yo hablaba en pensamientos por un rato largo sobre el Canon del Elefante y mantenía el ritmo por cada palabra un paso: “Was müssen das für Bäume sein, wo die grossen E-le-fan-ten spazieren gehen ohne sich zu stossen”. Se volvió normal que pudiera recitar tres veces el canon entre cada pausa.
Y entonces a eso de las 12:30 ya habíamos subido la punta que habíamos visto como cumbre delante nuestro. ¡Qué decepción! No había cráter: hacia el Sur se extendía una planicie ondulada. Aparentemente estábamos recién en el punto hasta el que en 1922 llegó la expedición de Barrington. Debíamos continuar; no podía faltar mucho.
Tras algo así como veinte minutos alcanzamos realmente el cráter. Asombrados nos paramos delante de las enormes fauces que respiraban delante nuestro. De forma abrupta caían desde todos lados las paredes hacia el interior. En el lado oeste había agujas de penitentes que llegaban hasta el fondo del agujero. Este lado del cráter es el más abrupto, cae unos 80 m en forma vertical. Los otros lados, al contrario, están formados de escoria que no es tan abrupta, pero que tiene unos 45° de pendiente. El fondo del cráter está cubierto por acarreo.

Fotografía de Winterhalder
Schulze vio en dos puntos -uno de ellos fuera del cráter- elevarse columnas de vapor blanco. Debe de tratarse de sulfuro de hidrógeno puesto que se siente su olor acá. Ya en el ascenso nos mostraba este desagradable olor que nos acercábamos a nuestro objetivo.
Lo más maravilloso en este cráter es su regularidad casi matématica. Su orilla es pared de roca pareja, redonda con un diámetro estimado de 600-800 m. Hacia el Sur se adosa un segundo cráter más plano que tiene un diámetro aún mayor. Se debe tratar de un punto de erupción más antiguo y completamente apagado del San José.
Sería posible descender a ambos cráteres. Para eso nosotros no teníamos ni ganas ni tiempo. Quién podría saber si es que durante el descenso alguna piedra suelta moleste a este viejo San José en su sueño de bella durmiente y lo haga estallar con furia. Un gran bloque de roca que caiga con fuerza podría provocar una nueva erupción.
Aún cuando desde fines del último siglo no hay signos de gran actividad, eso no demuestra que este volcán esté apagado para siempre. ¡Qué son para una montaña gigante como éste tres o cuatro siglos! En sus millones de años de vida son apenas un instante. Los vapores de sulfuro de hidrógeno que se siguen elevando muestran al contrario que en el interior de la montaña
Por todas partes en las laderas hay grandes pedazos de azufre.
Recorrimos la orilla de ambos cráteres juntos. Winterhalder y yo fuimos primero hacia el Este, mientras que Schulze prefirió dar la vuelta por el Oeste del cráter. La orilla del cráter muestra tres elevaciones: Oeste, Sur y Este. Las dos últimas apenas están separadas por un pequeño portezuelo.
En cada una de las cumbres, que aproximadamente parecen tener la misma altitud de 5.880 m (es posible que las cumbres Este y Sur sean un poco más altas que la Oeste) levantamos un pequeño hito de piedras bajo el cual dejamos un libro de cumbre dentro de una pequeña lata. Registramos nuestros nombres en estos libros. Además dejamos nuestras tarjetas de visita para que así visitantes posteriores no tuvieran la idea de llevarse los libros como recuerdo.

Nosotros mismos no encontramos ningún rastro de presencia humana en ninguna de las cumbres. Tanto como sabemos, el macizo Sur del San José fue ascendido por primera vez por Otto Pfenniger y Sebastian Krückel en 1931 y más tarde en 1937 por una expedición bajo la dirección de Ruperto Freile en la que alcanzaron la cumbre el mencionado Freile, Solari, Espinoza y J. Jeffs.
Desde la orilla del cráter y también desde la última parte del ascenso se ofrece una magnífica vista al macizo Norte del San José de 5.740. Se ve más abrupto e irregular que el macizo Sur en el que nos encontramos. Desde el Sur también se ven dos cumbres que se encuentran unidas por un largo portezuelo.

Fotografía de Winterhalder.
Este macizo Norte fue ascendido por primera vez en 1920 por Hans Gwinner del DAV Valparaíso. Él describe que arriba hay un cráter apagado. El segundo grupo de la expedición Freile, formado por los señores Rojas y Leiva, se supone que también llegó a la cumbre Norte. El que ellos no hayan visto ningún cráter parece ser un error.
Nosotros rodeamos todo el cráter. En la cumbre Sur nos encontramos nuevamente con Schulze. Él quería, tal como nos dijo, descender de inmediato puesto que tenía la intención de llegar hoy mismo al Refugio Volcán San José. Él no podía soportar otra noche de insomnio en el campamento alto. Como nuestros consejos no dieron resultado, tuvimos que dejarlo partir. A nosotros dos nos parecía demasiado agotador hacer en el mismo día toda la ruta hasta el refugio. Preferimos, tal como se había planeado antes, dormir una vez más en el campamento alto y luego al día siguiente iniciar con toda calma el descenso. Subimos a la cumbre Oeste, en la que Schulze ya había estado y, luego de haber estado más de una hora en ella, iniciamos el descenso alrededor de las 2:00.
El tiempo hasta acá había estado extremadamente favorable. Casi no había viento y el sol brillaba de forma con calidez. Durante el descenso comenzaron a formarse nubes que, por el momento, no disminuían la vista.
También el descenso requería de esfuerzo: esta vez no eran el corazón y los pulmones, sino que especialmente los músculos de las piernas y las puntas de los pies. Hacia las cuatro estábamos en el campamento alto. Schulze, que había llegado antes, ya había descansado y estaba armando su mochila para comenzar el largo descenso. Le ofrecimos descender con la carpa unos 100 m para volver a armarla en el lugar que habíamos encontrado con los restos de leña puesto que éste se adecuaba de mejor forma para acampar, pero no fue posible detenerlo. Así nos despedimos de él un poco preocupados por su destino.
Winterhalder y yo pasamos la tarde acostados en la carpa. Estábamos agotados, pero orgullosos por haber alcanzado nuestro objetivo.
Al anochecer una gran parte del cerro estaba cubierto por neblina y nosotros pensamos de nuevo en Schulze.
Lentamente comencé a sentir sed. Por dos días no habíamos bebido nada. Para derretir nieve o hielo nos hacía falta una cocinilla. Llené mi botella con pedazos de hielo y me metí en el saco de dormir mientras con ambas manos calentaba la botella desde afuera. Gota a gota cayeron sobre mi lengua. Con la sed no sufrimos tan fuertemente; Winterhalder no tenía casi nada y yo sólo un poco. Tampoco teníamos hambre. Nuestro único alimento consistía en damascos secos.
La noche se volvió nuevamente una eternidad; nos dábamos vuelta de un lado a otro y no podíamos dormir. El puntero del reloj no quería avanzar. De tanto en tanto uno de nosotros ponía una vela en la pequeña linterna que colgaba en la mitad de la carpa. Calentando la carpa de esta manera pasamos relativamente poco frío.
A la mañana siguiente partimos después de la salida del sol a las 9:00. Hicimos el descenso en calma con muchas pausas y disfrutamos del paisaje más que durante el ascenso. Cuando bajo el campo de penitentes más alto escuchamos el primer gorgoteo de agua estuvimos completamente felices. Tan buena como esta vez nunca nos había parecido el agua. Nos preparamos como desayuno leche condensada diluida.
A la una encontramos a unos 4.000 m de altitud nuestro campamento del año anterior. Acá todavía quedaba leña así que nos hicimos con satisfacción fuego. Nos sentimos nuevamente bien, tan bien como si estuviéramos abajo en el valle. Los dolores de cabeza se habían disipado, teníamos de nuevo hambre y podíamos comer y beber. Disfrutamos completamente la magnífica vista que se ofrecía a nuestros ojos.
El tiempo, hasta acá, había sido bueno. Con frecuencia hacia el mediodía se juntaban nubes alrededor del cerro a través de las cuales el sol lograba pasar. Sin embargo, de pronto estuvimos envueltos en un mar de nubes y comenzó a granizar.
Cuando el granizo se puso más grueso armamos nuestra carpa y nos sentamos en su interior para esperar a que aclarara nuevamente. Seguir descendiendo en esas condiciones era imposible puesto que uno no podía ver más allá de 50 m.
El granizo se transformó pronto en una gruesa y tranquila nieve. Cuando, tras un rato, miramos la carpa, estaba envuelta de un blanco esplendido. Decidimos que, en caso de que a las cinco todavía no aclarara, pasar la noche en este lugar y luego a la siguiente mañana realizar las dos a tres horas que nos separaban del refugio.
Nos sentíamos mejor que en cualquier otro de los días de esta excursión. Había un verdadero ambiente navideño sobre el paisaje. Uno se podía imaginar estar pasando la navidad en alguna parte de Alemania. Oscureció temprano y encendimos, en parte para calentarnos y en parte para ver, a las 5:30 la lámpara.
Así estábamos acostados en nuestros sacos de dormir, despiertos hasta la noche conversando sobre esto y aquello mientras los granizos golpeaban regularmente la carpa. Lo único que lamentábamos era no tener un ajedrez con nosotros. Esa noche dormimos por primera vez de nuevo profunda y tranquilamente.
A la mañana siguiente había una vista clara hacia el valle. Sobre nosotros, al contrario, el San José estaba cubierto por gruesas nubes; de su cumbre no se veía nada. En un principio queríamos esperar al sol, pero partimos precipitadamente cuando nos dimos cuenta de que estaba comenzando a nevar nuevamente.
A las 11:00 llegamos al refugio tras dos horas y media de marcha. Nuestra sorpresa fue grande cuando no encontramos a Schulze sino que una nota dejada por él: “Bajé a Colina para organizar una expedición de rescate. Cuando lleguen, hagan fuego en el Josecito”. El Josecito es una pequeña punta en los alrededores del refugio desde la cual se puede ver hacia el valle.
Estábamos, por decir lo menos, decepcionados, teníamos la intención de descansar un día. Ahora debíamos, tan pronto como fuera posible, bajar hacia Lo Valdés para cancelar la expedición de rescate. Decidimos partir a las 2:00 de la tarde. Después de haber tomado dos ollas de té y haber puesto la carpa todavía mojada y congelada a secar nos acostamos a dormir. El descenso por los agotadores penitentes había sido agotador.
A la 1:00 llegó repentinamente Schulze. Dijo que había ayer una tormenta fuerte acá en el refugio y como nosotros no habíamos llegado, había temido que algo nos pudo pasar. Desde la “Estación Colina” (una estación a la que llega el teleférico de las minas de yeso) no pudo contactarse por teléfono con el refugio alemán. Por esto le escribió una carta al señor Rulf, el concesionario de Lo Valdés, que envió con el teleférico hacia abajo. En ella le pedía, en caso de que nosotros no hiciéramos fuego en el Josecito, requerir una expedición de rescate desde Santiago.
Decidimos a continuación no descender a las 2:00 sino que al atardecer hacer la señal de fuego en el Josecito. Durante todo el día granizó; nosotros nos sentíamos a salvo en el refugio.
A la mañana siguiente partimos temprano y llegamos a las 9:30 a Lo Valdés. Nuestro horror fue grande cuando el señor Rulf nos contó que la expedición de rescate probablemente ya estaba en camino desde Santiago. Él la había solicitado de inmediato en cuanto recibió la carta de Schulze. A las 8:00 de la noche desde el refugio debiera haberse visto la luz en el Josecito y la expedición cancelada de inmediato por telegrama, pero la oficina del telégrafo en Puente Alto cerró a las 7:00 y el segundo telegrama pudo llegar recién hoy, es decir, jueves por la mañana.
La carta de Schulze había sido tan urgente que el señor Rulf no consideró correcto esperar hasta la noche para ver el fuego puesto que en ese caso la expedición de rescate se habría atrasado un día completo. Schulze lamentablemente había exagerado y escribió: “Von Hein y Winterhalder dos días perdidos en tormenta de nieve”. Afortunadamente llegó el segundo telegrama justo antes de la partida de la expedición de rescate de modo que no alcanzó a movilizarse. Acá queremos agradecer a todos que con un verdadero sentimiento de camaradería se pusieron a disposición de esta expedición.
¿Por qué hacer todo este ir y venir en la montaña? ¿No es más seguro y hermoso acá en el valle? Es lo que muchos nos preguntan. “El que se pone en peligro, muere en el intento”, nos dice quizás algún otro y piensa que estos esfuerzos son una tontera que provocan indignación. Aquellos que piensan de forma materialista no pueden entender en absoluto nuestro proceder. “¿Qué sacan ustedes de esto, de escalar hasta el último esfuerzo esos cerros tristes y estériles? ¿Qué sentido tiene eso?”
Algunos opinan que la hermosa vista desde arriba sería lo que atrae y encanta al montañista. Se equivocan todos. Sólo por la vista no subiría nadie. Desde el valle o a mitad de altura hay vistas más hermosas. Fotografías desde un avión nunca son tan hermosas como una imagen desde la perspectiva de una rana. Aún cuando una vista a la distancia es una buena recompensa para el montañista, no es lo que da sentido a todos los esfuerzos.
Hans Gwinner expresó esto en la descripción de su ascenso al San José: “No es el conseguir el objetivo mismo lo grandioso, sino que la lucha con uno mismo para alcanzar ese objetivo, la mirada a lo realizado, el recuerdo del todo.”
Nos atraen las dificultades que las montañas nos contraponen. Necesitamos algo con lo que nuestra voluntad, nuestra resistencia y nuestras capacidades puedan ser puestas a prueba, un objetivo fijo que con el compromiso de todas nuestras fuerzas se pueda alcanzar. La felicidad de alcanzar ese objetivo es una recompensa suficiente para todos los esfuerzos, incluso cuando sólo podemos estar unos minutos congelándonos en una cumbre, incluso cuando las nubes hacen imposible la vista.
Al subir cerros se reconoce la verdad de las palabras de Nietzsche: “Lo que no me mata, me hace más fuerte.” ¡Y la fuerza es felicidad!
Traducción: Álvaro Vivanco
Artículo publicado originalmente en la Revista Andina 1938